La pregunta

Por Mauricio Berho

Se llamaba Daniel Jimeno Romero, tenía 27 años y era natural de Alcalá de Henares. Murió el 10 de julio de 2009, durante el cuarto encierro de aquellos Sanfermines.

Siempre me hice la misma pregunta: ¿qué busca un hombre cuando decide correr delante de un toro?

Cada amanecer veía llegar a centenares de jóvenes con la misma mezcla de nervios, ilusión y determinación. Algunos regresaban año tras año; otros lo hacían por primera vez. Todos habían aceptado el mismo pacto silencioso: la intensidad de unos minutos a cambio de enfrentarse al peligro. Nunca conseguí comprender del todo qué los impulsaba.

El 10 de julio de 2009 vi llegar a un muchacho con una camiseta de rayas. Corría como tantos otros. Levanté la cámara y tomé una fotografía.

Fue la última.

Unos segundos después, el toro lo alcanzó.

Vi cómo varias personas se arrodillaban a su alrededor para protegerlo. El estruendo del encierro se convirtió, de pronto, en un silencio imposible de describir. No hice ninguna fotografía más. No porque faltara la noticia, sino porque había desaparecido la mirada del fotógrafo. En aquel instante solo quedaba un hombre frente a otro hombre que estaba muriendo.

Los años siguientes volví siempre al poste 66. Cada 10 de julio aparecían unas flores y, poco después, llegaba un hombre solo. Era el padre de Daniel.

Durante mucho tiempo no me atreví a hablar con él. Cuando por fin lo hice, esperaba encontrar la tristeza sin consuelo de quien ha perdido un hijo. Sin embargo, me habló de otra cosa.

Me habló de la felicidad de Daniel.

De la ilusión con la que esperaba cada San Fermín. De la alegría que encontraba corriendo. De una pasión que había elegido libremente y que formaba parte de su manera de vivir.

Comprendí entonces que aquel padre estaba defendiendo algo mucho más profundo que un recuerdo. Se negaba a que la muerte tuviera la última palabra. Se negaba a que la vida de su hijo quedara resumida en el instante de la tragedia.

Aquella conversación no respondió a mi pregunta.

La hizo todavía más grande.

Con los años he pensado que quizá el ser humano lleva dentro una necesidad tan antigua como él mismo: acercarse, de vez en cuando, al límite. No porque ame la muerte, sino porque necesita sentir la vida con una intensidad que pocas veces encuentra en la rutina. Hay quien busca esa frontera en una montaña, en el mar, en un ruedo, delante de un toro. Cambia el camino. La necesidad es la misma.

Todavía conservo aquella fotografía.

Ya no veo en ella al último corredor fallecido en los Sanfermines. Veo a un joven que aún ignoraba su destino. Veo la plenitud de un instante suspendido antes de que el azar decidiera otra historia.

Y cuando vuelvo a pensar en Daniel, recuerdo sobre todo a su padre.

Aquel hombre me enseñó que una vida no puede medirse por la forma en que termina, sino por la verdad con la que fue vivida.

Quizá esa sea la única respuesta a la pregunta que me hice durante tantos años. Tal vez el ser humano acepta, a veces, el riesgo de perder la vida porque antes ha encontrado algo por lo que siente que merece la pena vivir.

Daniel Jimeno fue alcanzado por Capuchino, un toro de la ganadería Jandilla. Por la tarde fue lidiado por el Fandi.



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